El gesto que tenía cuando la besaba al dormir, lo que se demoraba en responder a una pregunta, cómo arrugaba la nariz cuando se aguantaba los estornudos, la manera en que se corría el pelo detrás de su oreja, la sordera que la caracterizaba y cómo se disculpaba cuando se daba cuenta que le hablaba, cuando me miraba seria al momento de hacerle cosquillas y cómo se hacía abrazar cuando nos acostábamos. Todo lo amaba. Cada detalle, cada centímetro, cada minuto que vivía junto a ella me hacía sentir especial.
La conocí morena y bailando, sonriendo entre el humo y el fuego que iluminaba su rostro. Era como si la hubiesen puesto ahí para que la viera. Para que la encontrara.
Era la mujer más libre, no obedecía calendarios, no sabía de horarios, no conocía las reglas y se regía por las estrellas. Era la mujer perfecta, pero no para ser amada, sólo para apreciarla y desear que nunca se fuera de tu vida, su belleza era como una ilusión, su espíritu una estrella fugaz y el recorrido que hacía por mi corazón una muestra gratis de felicidad.
Nunca supe si se dejó amar, la última vez que la vi fue en un atardecer, estaba brillando a contraluz entre el cableado eléctrico, sonidos de pájaros y marea baja, sonriendo como siempre y mirándome achinada como si el sol no la dejara ver.
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